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| ROMA de los Césares (1989) Ed. Planeta ISBN: 84-320-4906-9 |
Aparecida inicialmente en 1989, como parte de la
colección "Ciudades de la Historia", se trata de un ensayo de la ciudad
imperial en su momento de mayor apogeo. Juan Eslava Galán,
con su habitual amenidad nos transporta en un paseo por la ciudad, donde veremos
sus luces y sus sombras. No conviene olvidar que esta monumental urbe llegó a
ser habitada en aquellos tiempos por más de un millón de habitantes, lo cual
planteó problemas de todo tipo.
Seremos testigos de una boda, acompañaremos el duelo de un entierro, comprobaremos que las viviendas adosadas hace mucho que están inventadas, visitaremos las termas, los lupanares, los circos, conoceremos esclavos, libertos...
También
hay un apartado para los diferentes cultos que Roma asumió como propios, al
invadir pueblos distantes y querer integrarlos. Y, cómo no, el surgir de una fe
que aprovechó, y se hizo dueña finalmente, de todos los resortes del poder
Imperial. La decadencia en el siglo IV, el abandono de las grandes urbes, para
establecerse en lo que hoy llamamos grandes haciendas, sin duda copiadas de
entonces. Juan Eslava, comprometido con sus ideas, defiende que una de las
causas de la caída del imperio fue precisamente el auge del cristianismo.
En los últimos párrafos Juan dice:
"Roma
somos nosotros: los europeos y cuantas naciones del mundo han tenido sus
orígenes históricos o culturales en Europa, (es decir, la mayoría de ellas). Lo
que los europeos somos hoy es, para bien o para mal, el resultado de la
interacción de dos vigorosas corrientes que hace dos mil años se fundieron en el
crisol de Roma: la cultura griega y el pensamiento religioso judío, origen,
respectivamente, de la expansión universal de la civilización helénica y de la
religión cristiana. Una peculiar aleación que quizá fuese prudente seguir
denominando "civilización cristiana occidental."
"Roma nos legó su forma de vida y sus instituciones, impuso a los pueblos sometidos hermandad dentro del marco institucional jurídico y administrativo del cives romani y nos legó el patrimonio precioso de su ley y su lengua, los dos pilares básicos sobre los que aún se asientan las coordenadas históricas de los europeos en este difícil camino que nos conduce a la integración supranacional, es decir, a ser otra vez, básicamente, Roma. VALE"
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Roma somos nosotros.
por Juan Eslava Galán
(Artículo aparecido en la Revista MAS ALLÁ,
Monográfico de Roma, nº33, Junio,
2000)
Los
romanos profesaron un sano politeísmo y no vacilaron en adoptar a los dioses de
los pueblos a los que sometían, incluso instalando en el templo de Júpiter
Capitolino, –el lugar más sagrado de Roma- las imágenes y objetos sagrados
capturados (por ejemplo, la Menorah y la Mesa de Salomón)-.
El cristianismo, una secta disidente del judaísmo, fue incorporando con
admirable sincretismo los elementos más atractivos de las religiones mitraicas,
solares y mistéricas, escaló la cúpula imperial y, en cuanto se hizo con el
poder, fiel a su vocación monoteísta, persiguió los otros cultos del Imperio.
Pero no pudo evitar (tampoco quiso) que una parte sustancial de estos cultos se incorporara al cristianismo perdurando hasta nuestros días. Los romanos adoraban a doce dioses mayores, la corte olímpica de Júpiter, y a varios cientos de dioses menores de los que descienden la mayoría de nuestros santos y mártires.
La
Diosa Madre arcaica, que en Roma recibía los títulos de Deméter e
Isis, conformó la figura de la Virgen María, el único vestigio de
cultos femeninos permitido por el cristianismo misógino; San Juan (los
dos san juanes) son –claramente– la versión cristianizada de Jano, el
dios de las puertas y de los caminos, que también se refleja en San Pedro,
el de las llaves; los Dióscuros dieron lugar a una pléyade de santos gemelos,
muchos de ellos militares, tan venerados por los templarios y sucesores
calatravos.
Los romanos eran muy pragmáticos: para lograr los favores de los dioses acudían a los santuarios, generalmente situados en enclaves significativos, y les ofrecían torta y exvotos. Esta religiosidad popular ha perdurado en nuestros santuarios, donde las ofrendas son ahora de velas de cera o limosnas y cada vez menos de exvotos, esas figurillas que representan todo el cuerpo humano, o animal, o solamente la parte curada. Las cruces en las encrucijadas de caminos descienden directamente de las hornacinas romanas que marcaban estos lugares. Igualmente, muchas ermitas cristianas sustituyen a oratorios romanos en lugares sagrados antiguos, generalmente prerromanos, instalados en lugares de poder donde se concentran energías telúricas: cuevas, fuentes, roquedos...
Algunas
romerías son todavía trasunto de fiestas romanas: cultos a la fertilidad.
Góngora las llamaba ramarías, sin comprender que el aparente
desenfreno sexual en el que incurrían sus participantes era el eco lejano de un
culto más antiguo y más renovador que el estrecho cristianismo que él profesaba.
Los paralelos se multiplican: nuestros conventos de monjas descienden de los
atrium vestae romanos habitados por mujeres con voto de castidad; los
supersticiosos siguen haciendo la higa romana (digitus infamis);
el símbolo clásico del falo perdura en llamadores de puertas y en marmolillos de
caminos asociados a lugares sagrados. Incluso a un nivel más elevado la
influencia es notable: los conjuros de los obispos contra las malas cosechas,
los exorcismos contra la posesión diabólica, los aceites litúrgicos y las mil
menudas formas de magia existentes en Europa son también patrimonio de antiguas
religiones pasadas por el tamiz romano. Roma unificó las creencias; la Iglesia
que suplantó su organización imperial se quedó también con esta rica cosecha.
Roma somos nosotros.
Juan Eslava Galán.
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La Edición de Bolsillo:
En el año 1998, Planeta, publica la edición de bolsillo (Booket) de este ensayo.
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| ROMA de los Césares (1998) Ed. Booket ISBN: 84-08-02493-0 |
La parte posterior del libro dice:
Este libro nos propone una fascinante excursión a la Roma de
los Césares cuando su Imperio abarcaba casi todo el mundo conocido. Combinando
deliciosamente el rigor histórico, la agilidad narrativa y el humor, Juan Eslava
reconstruye las costumbres de Roma en el ambiente vivo, y a veces irrespirable,
de aquella ciudad refinada y brutal que era compendio de todas las razas y
culturas del orbe. De su mano nos internamos en los diversos ambientes de la
urbe para captar, con regocijada sorpresa y a veces con un punto de aprensión,
los pintorescos detalles de su vida cotidiana.
Los abigarrados foros, las escandalosas casas de vecinos, la amable y promiscua
sociedad de los baños y letrinas públicas, el institucionalizado intercambio de
esposas entre las clases pudientes, las curiosas costumbres sexuales, los
impresionantes ritos de la muerte, el comercio de esclavos, los terribles
suplicios, las ceremonias religiosas, la magia, la superstición, la
trepidante vida nocturna, los refinamientos gastronómicos, la etiqueta de los
banquetes, el turismo, los juegos de azar, las carreras de circo y los
sangrientos espectáculos del anfiteatro; el mundo sórdido, pero también heroico,
de los gladiadores y de
los que se ganaban la vida luchando contra las fieras...
Sobre este fondo colorista contemplamos, en vigoroso y descarnado mosaico, una
galería de célebres personajes, como Julio César, Augusto, la seductora
Cleopatra, la depravada Mesalina y la dinastía imperial que se hizo famosa por
sus vicios y crueldades: Tiberio, Calígula y Nerón.

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Otras obras del autor que tratan sobre Roma:
| Julio César, el hombre que pudo reinar. | |
| Amor y Sexo en la antigua Roma. | |
| Yo, Nerón. | |
| Yo, Aníbal. | |
| Cleopatra, la serpiente del Nilo. |
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Actualizado el Tuesday, 20 March 2007
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